HOY HACE 3 AÑOS..

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HOY HACE 3 AÑOS..

HOY HACE 3 AÑOS que dejé de ser Rosa para pasar a ser, en muchas ocasiones, ya sólo la mamá de Martí.

3 AÑOS de un momento que cambió nuestras vidas, las que han seguido cambiando día a día porque cuando uno es padre/madre el cambio ya nunca se acaba. Y yo he sido madre con diabetes tipo 1. Una diabetes que lleva acompañándome toda la vida casi, desde que debuté en 1981 con tan solo 8 meses de vida. Y precisamente porque hoy es un día muy importante, en el que mi hijo celebra su tercer cumpleaños y mi marido y yo nuestro tercer aniversario como padres, os queremos hablar de la maternidad cuando quien tiene diabetes es la madre.

Cuando una decide ser madre con diabetes lo primero (y casi lo único) en lo que piensa es en el embarazo y en que todo salga bien a pesar de tener una condición crónica y después, en el parto. Antes de ser madre tenía un poco una sensación parecida a la que sentí antes de la selectividad (salvando las distancias!!!). Es como si la selectividad fuera lo que ineludiblemente iba a marcar para siempre nuestras vidas, lo más duro y complicado que habíamos hecho hasta el momento, meses de preparación y estudio para jugárselo todo a una carta en un par de días. Y una vez hecho el examen, con el aprobado y el acceso a la carrera, se tiene la sensación de que el trabajo ya está completo, misión cumplida y se respira aliviado. Pero es que entonces empieza la carrera… y poco a poco uno va viendo que ese esfuerzo titánico que hizo durante la preparación de la selectividad hay que hacerlo cada vez que hay exámenes, hay que trabajar duro día a día y no se puede bajar la guardia nunca. Siguiendo con nuestro paralelismo, el embarazo sería la preparación de la selectividad; el parto, el día del examen; y la maternidad con diabetes, la carrera, pero en este caso una de perpetua porque una vez se es madre ya se asume la responsabilidad para siempre, no se acaba a los 4 años!

Para mí, el verdadero desafío vino el día que salimos del hospital y nos fuimos a casa con el bebé. Y es que después del oasis de cuidados, visitas, seguimiento y atención de un embarazo con diabetes, el postparto y puerperio vendrían a ser algo así como la travesía del desierto. La responsabilidad del cuidado de mi diabetes volvía a ser casi exclusivamente mía y todo aquel acompañamiento de los últimos meses volvía a tener la periodicidad habitual. Y fue precisamente al volver a casa y durante las primeras semanas cuando la diabetes, a veces, se hizo complicada de gestionar. El cóctel hormonal mezclado con la lactancia materna (de la que hablaremos largo y tendido más adelante) y un cuerpo en el que seguían cambiando las necesidades de insulina y que estaba, además, intentando volver a ser lo que fue un tiempo antes, provocaron una revolución física y emocional, que tuve que buscar la manera de de enfocar y tratar conjuntamente, ya que las emociones influyen en nuestro estado físico y nuestro estado físico tiene consecuencias en nuestras emociones.

Y con todo este caos mi entorno, la familia, con mis padres al frente y sin duda, mi marido, se conviertieron en parte básica, vital e indispensable para sentirme apoyada, arropada y acompañada en todo momento. Al mismo tiempo que apareció un nuevo cuidador, el bebé, que aunque a priori pensaba que solo necesitaba cuidados y atenciones, pronto me di cuenta de que era capaz de dar tanto (o más) de lo que recibía.  Yo le cuidaba a él y él me retroalimentaba a mí con su simple presencia o con una simple sonrisa, actuando como catalizador de beneficios de valor incalculable a todos los niveles y mi diabetes, por supuesto, no fue una excepción a la hora de beneficiarse de esta relación.

maternidad con diabetes

HOY HACE 3 AÑOS que asumí este reto, el más importante que me ha puesto la vida delante, aunque, todo sea dicho, esto es común a los padres que tienen diabetes y a los que no. Para mí ha sido uno de los mayores procesos de aprendizaje que he hecho nunca y, otra vez salvando las distancias, como si de un debut de tratara, sabiendo además que nunca se llega a aprender todo y que constantemente aparecerán nuevos retos y desafíos.

Y es que además de aprender a ser madre, he aprendido a ser madre con diabetes y mi hijo va aprendiendo cada día lo que es tener una madre con diabetes, o dicho de otra manera, lo que es la diabetes. Parece mentira como con tan solo 3 años y como consecuencia de ver y oír lo mismo día tras día, ha podido aprender y comprender tantas cosas. Un simple juego de mirar el color de la glucemia capilar y repetir una y otra vez que si el número sale de blanco significa “bien”, normoglucemia y hay que estar contento, y que en cambio un número de color naranja significa mal, hipo o hiper, y quizás habrá que hacer algo. Otra vez jugamos a mirar gráficas en el lector, cuando la línea está dentro de la franja azul significa bien y aplaudimos, cuando está fuera, no aplaudimos. Cuando digo la palabra mágica estoy bajita, automáticamente pregunta “mamá, necessites un suc???”, mamá necesitas un zumo??? Son cosas que no se las he enseñado como tal, pero que al igual como por imitación los niños aprenden a lavarse los dientes, comer con cubiertos o atarse los cordones de los zapatos, los hijos de un tipo 1 aprenden toda una serie de palabras y acciones y por repetición, las incorporan en su vocabulario habitual. No deja de sorprenderme cada vez que hago una glucemia capilar y él quiere hacer lo mismo, o el interés en ayudarme a preparar todo lo necesario para el cambio de catéter de mi bomba de insulina o la pasión con la que mira el glucómetro esperando el número blanco o naranja.

Compartir me hace sentir libre y acompañada, pero compartir también ha implicado en ocasiones tener miedo. También creo que es común a todos los padres tener un cierto respeto o miedo a que no les pase nada a sus hijos y querer asegurarse de que siempre estarán allí para protegerlos, sobretodo cuando son pequeños. Siendo tipo 1 uno de mis miedos era (y es) que en algún momento no pueda cumplir con esta función de protección por culpa de mi diabetes. No hay que tener miedo y no hay que dejar de vivir por él, ni tan solo es necesario perder mucho tiempo pensándolo, pero, y sobretodo cuando hablamos de maternidad, muchas veces la razón es lo último que aplicamos. Las hipoglucemias no gustan a nadie, nunca y en ninguna circunstancia. Desde que soy madre, obviamente, siguen sin gustarme pero además me suponen un respeto infinito por si por culpa de una de ellas no puedo ejercer de madre. A medida que va pasando el tiempo este miedo decrece de manera proporcional a como Martí, mi hijo, va creciendo. Seguramente llegará el día que desaparecerá, el día que ya decida volar de nuestro lado (aunque probablemente después aparecerán otros miedos).

Soy madre con diabetes de un hijo, solo uno, y me parece un reto extraordinario, lo que me lleva a hacer una mención especial para todos aquellos que han sido padres y madres con diabetes y a una admiración personal para aquellos que han repetido o incluso han formado una familia numerosa.

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